... Si le soy sincero, majamos por majar. Ni el grano ni la paja nos sirven verdaderamente para nada a estas alturas. Majamos dando golpes a las espigas extendidas, con estas herramientas que se llaman menales. Un mango fino como de hoz, unido por una articulación de cuero a otro palo, más grueso, largo y pesado, que es el que golpea el cereal. Se van tendiendo los manojos en la era, en filas solapadas, con las espigas a la vista. Es como un baile, pensaría luego la belga, al ver colocarse a los majadores. Una fila de cuerpos contra otra fila. Cuando los de un lado ondean en lo alto -al unísono- sus menales, los de enfrente golpean con todas sus fuerzas la paja tendida. Traass, traass. Al principio el grano salta como de una red de surtidores escondidos en el suelo. Las dos filas de majadores, frente a frente, recorren sistemáticamente la superficie de la paja tendida. Como en un baile de pasos estrictamente medidos. Al empezar, el compás de los golpes suena a la consistencia del grano. El ritmo se agiliza conforme las espigas se aligeran. Al final, vencida la resistencia, la paja cede blandamente bajo los menales. Entonces hay un momento festivo; el ritmo de los golpes se dispara en un barrido final que saca a los majadores de la era, como de la pieza de baile, hacia la sombra y el vino. Cuando posan las herramientas y se sientan a la sombra recobran su condición humana. Pero apenas unos minutos antes, dando los últimos golpes feroces, las hebras de paja trillada los envolvía en una atmósfera de ensueño, fragante, dorada, espesa, ebria de sudor, una atmósfera demasiado intensa para ser humana, de fieras o de dioses... (La Belga. Manual de Pastores. Carmen A. Eberhard)




 

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