La niña del río

Si me prometes no decírselo a nadie te contaré la verdadera razón de esa escalera que entra en el río y de los días que la gente murmura que paso aquí, mirando al fondo, tras el último peldaño, turbio de limo y apenas manchado de luz.

En nuestros ríos, pequeños, las más de las veces no miramos el agua; el agua en su inmensidad es más frondosa en la lluvia cuando arrecia, e incomparablemente más extensa y compacta en el mar. En el río quizá no buscamos exactamente el agua, como elemento, sino como curso que nos transporta y como medio que, estando a nuestro lado, obedece a reglas que no nos es dado entender, reglas del agua, olvidadas desde que nacimos, abandonándola. Nuestro concepto de misterio está casi siempre atravesado por un río, ya sea escarpado y espumoso o contenido en un remanso.

Aquí fue donde la vi, algo más arriba, en este mismo río, una tarde, mientras la lluvia arreciaba y yo intentaba cruzar la corriente sin mojarme los pies. Me incliná para hacer un pilar amontonando las piedras del fondo y sentí con asombro el contraste entre el agua de la lluvia, fría y acerada, y el remanso limoso, templado del río. A través de los brazos sumergidos oí subir del lecho la música del agua a emborracharme los oídos y sentí como si, de repente, escampara la lluvia o, más bien, como si cayera detrás de los cristales de una cúpula muy lejana.

Entonces la vi. Tenía una mano puesta sobre la misma piedra que sujetaban las mías, pero no forcejeó por ella ni aprovechó su agilidad para llevársela. Alguien me dijo luego que por eso nos vimos, porque tocamos a la vez el mismo objeto y se abrió alguna puerta inexplicable. Era una piedra plana, gris iridiscente. Su mano, cuatro veces más pequeña que la mía, estaba posada sobre ella, como una mariposa acuática. Aunque el río parecía templado debajo de la lluvia, era una mano enrojecida, como la de las lavanderas. Súbitamente, fue a taparse con ella la boca y así llegué yo a los ojos de la niña del río, siguiendo el vuelo de la mano mariposa desde la espalda de la piedra plateada. Detrás de la mano, roja como un cangrejo de río, la vi esbozar una risa forzada, nerviosa, como de niña pillada en falta. Estaba a horcajadas sobre la corriente, enfrente de mí. No podía incorporarse del todo porque tenía una de las trenzas presa entre las piedras que yo estaba moviendo. (sigue ...)

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